REPORTAJE | ¿CÓMO SE VIVIÓ LA GUERRA CIVIL EN SALAMANCA?

El 18 de julio de 1936 se inició un golpe de Estado que se intuía, pero ante el que la República no supo prepararse ni defenderse. Se desencadenó así una guerra de apellido ‘civil’ ya que obligaron a la población a unirse al bando que les ‘tocara’… Y es que la gran mayoría de caídos, tanto en un bando como en otro, luchaban por unas ideas que no eran las suyas. Simplemente estaban en el lugar menos adecuado y en el momento menos oportuno. Así se dio inicio a una desgracia que no acabaría hasta el 1 de abril de 1939. Tres años de muertes, sufrimiento y hambre. Tres años de Guerra Civil. Y lo peor aun estaba por llegar: la posguerra y el Franquismo.

La provincia de Salamanca en el conflicto

La ciudad charra no tardó mucho en caer a favor del bando nacional. Solo un día después de iniciarse el movimiento -entre el 19 y 20 de julio-, Salamanca ya pertenecía a los golpistas. Esta ciudad de Castilla y León siempre fue un punto clave para Francisco Franco. Estableció allí, concretamente en el Palacio Episcopal, su cuartel general hasta 1937, que lo trasladó a Burgos.

Siempre vio en la ciudad del Tormes un lugar afín para sus fechorías. De hecho, en la Plaza Mayor, tuvo lugar la recepción a los embajadores de los países que fueron sus aliados durante la guerra: Italia y Alemania. Sin embargo, varios pueblos de la provincia eran de un marcado carácter contrario al de Franco y por ello sufrieron en gran medida su represión. Algunos puntos destacables son Villavieja de Yeltes o Villares. De hecho, en 2013, en el Monte Orbada -situado a unos 20 kilómetros de la capital charra-, se encontraron restos de personas de origen navarro que fueron fusiladas en 1936. Pero dentro de la propia capital, las tapias del cementerio actual fueron el terrible escenario.

En 1936 permanecía aun como rector de la Universidad de Salamanca Miguel de Unamuno aunque había sido previamente destituido de su función por Manuel Azaña, presidente de la República. De hecho, el 12 de octubre de 1936, en el denominado “Día de la raza”, se produjo un discurso del general José Millán Astray -fundador de la Legión y lisiado de guerra-, cuyas palabras revelaban su amor confeso por los sucesos que se estaban dando y no dejaba de repetir, acompañado de las voces de los allí presentes -entre ellos: el obispo y la esposa de Franco-, aquello de: “¡España una, grande y libre!”, así como: “¡Viva la muerte!”, tras haber criticado duramente a vascos y catalanes. Finalizadas las palabras del general, Unamuno se levantó y pronunció su famoso discurso “Venceréis, pero no convenceréis”:

“Sabéis que soy incapaz de permanecer en silencio. A veces, quedarse callado equivale a mentir, porque el silencio puede ser interpretado como aquiescencia. Quiero hacer algunos comentarios al discurso -por llamarlo de algún modo- del profesor Maldonado, que se encuentra entre nosotros. Se ha hablado aquí de guerra internacional en defensa de la civilización cristiana; yo mismo lo hice otras veces. Pero no, la nuestra es solo una guerra incivil. Vencer no es convencer, y hay que convencer, sobre todo, y no puede convencer el odio que no deja lugar para la compasión. Dejaré de lado la ofensa personal que supone su repentina explosión contra vascos y catalanes llamándolos anti-España; pues bien, con la misma razón pueden ellos decir lo mismo. El señor obispo lo quiera o no lo quiera, es catalán, nacido en Barcelona, y aquí está para enseñar la doctrina cristiana que no queréis conocer. Yo mismo, como sabéis, nací en Bilbao y llevo toda mi vida enseñando la lengua española… [tras estas palabras el general empezó repitió lo mencionado anteriormente] Acabo de oír el necrófilo e insensato grito “¡Viva la muerte!”. Esto me suena lo mismo que “¡Muera la vida!”. Y yo, que he pasado mi vida componiendo paradojas que excitaban la ira de algunos que no las comprendían, he de deciros, como experto en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. Como ha sido proclamada en homenaje al último orador, entiendo que va dirigida a él, si bien de una forma excesiva y tortuosa, como testimonio de que él mismo es un símbolo de la muerte. El general Millán-Astray es un inválido. No es preciso que digamos esto con un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero los extremos no sirven como norma. Desgraciadamente en España hay actualmente demasiados mutilados. Y, si Dios no nos ayuda, pronto habrá muchísimos más. Me atormenta el pensar que el general Millán Astray pudiera dictar las normas de la psicología de las masas. Un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, que era un hombre, no un superhombre, viril y completo a pesar de sus mutilaciones, un inválido, como he dicho, que no tenga esta superioridad de espíritu, es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo cómo se multiplican los mutilados a su alrededor. El general desea crear una España nueva, creación negativa sin duda, según su propia imagen. Y por eso quisiera una España mutilada (…)” 

Lamentablemente, así como curiosamente, solo un mes y medio después de pronunciar estas palabras, Unamuno falleció.

En resumen, Salamanca fue un punto geográfico con el que Franco siempre contó. Desde que se inicia el golpe hasta que termina, en la posguerra y durante el Franquismo. Muestra de lo mencionado anteriormente es que se le otorgó la medalla de oro de la ciudad en 1948 -aunque la recogió en 1954- así como fue ‘alcalde perpetuo’. Recientemente se le ha retirado este reconocimiento por petición del partido político Ciudadanos, aunque el PP lo denegó cuando fue solicitado por el PSOE en legislaturas anteriores. Pese a ello, aun quedan símbolos de Franco en la ciudad, como el medallón que se encuentra en la Plaza Mayor junto a otros como el de los Reyes Católicos.

Sucesos ocurridos en la provincia de Salamanca

Quizá con ese titulillo les vienen a la cabeza los sucesos de “Casas Viejas” de 1933, previos a la Guerra Civil y que mostraban ya el deterioro evidente de una República que hacía aguas y que iba ganando opositores por actos como el mencionado. Sin embargo, se hará mención en esta ocasión a algunos sucesos ocurridos ya en la posguerra o durante el enfrentamiento bélico en algunos puntos de la provincia de Salamanca.

Como se dijo anteriormente, Villavieja fue uno de los pueblos charros más vapuleados por el bando nacional tras el final de la guerra. De tradición roja, vivieron en primera persona la brutalidad de unos seres que afirmaban poner en orden la sociedad española. Los fusilamientos y encarcelamientos en este municipio salmantino eran constantes.

Una vecina de dicho municipio, que vivió aquella época in situ, recuerda diversas situaciones: cuando ella era tan solo un bebé, su familia se trasladó a Francia, pero tras la muerte de su madre -tenía aproximadamente cinco años- regresaron a España y justo en ese momento estalló el movimiento. Confiesa que: “si no hubiera muerto mi madre, no habríamos vuelto a España seguro”. A la pregunta de si en la escuela notaban lo que suponía la guerra y la victoria posterior de Franco contesta: “sí. Teníamos que cantar el Cara al sol cada mañana. Y recuerdo que muchas veces estábamos en clase y teníamos que salir corriendo a escondernos bajo un muro porque pasaban aviones de bombardeos. En Cerralbo [otro pueblo salmantino] hubo muchos bombardeos. Sí que se sufría. Y había mucha incertidumbre. Yo, a mis 87 años, sigo sin entender todo lo que pasó, pero tampoco quiero”.

Recuerda, cada vez con los ojos más llorosos, que “muchas veces, algunos jóvenes iban caminando con sus novias y de repente un camión paraba y se los llevaba hacia el monte. Ellas regresaban llorando porque sabían lo que iba a pasar”. Al mencionarle la posibilidad de haber sufrido algo similar en su familia contesta: “no fusilaron a nadie de mi familia, pero sí encarcelaron a un familiar por decir unas siglas que no recuerdo. Lo hicieron dos veces. Aquí todos se delataban unos a otros porque, al final, lo que cada uno quería era salvarse a sí mismo y a los suyos”.

Cuenta una anécdota que hay que destacar: “pese a que los curas no eran perseguidos porque supuestamente eran afines al régimen, aquí sí intentaron fusilar a uno. Nos contó él mismo que iban varios detenidos en uno de esos camiones y dispararon. Creyeron que a él también lo habían disparado y él, muy listo, se cayó del camión haciéndose el muerto. Así se salvó, pero, fíjate, aquí ni los sacerdotes se salvaban”.

Tras la guerra, la sociedad española vivió una situación de extrema pobreza y también se le preguntó por ello: “gracias a Dios nunca pasamos hambre. Sí recuerdo las cartillas de racionamiento, pero no pasamos hambre. A mi padre y a mí nos encantaba comer pan y eso sí que lo sufrimos mucho, porque no había. Sin embargo, un día, cuando nos quejamos de ello mis hermanos y yo, mi padre dijo que en esa casa no volvería a faltar pan. Se fue a un pueblo cercano -San Felices- y regresó con harina. Desde ese momento, una semana mis vecinos y otra semana nosotros, hacíamos pan. Eso nunca se me olvidará. También recuerdo que se hacía mucho ‘trueque’: se cambiaba aceite por otros alimentos y cosas así. Por supuesto, también existía el estraperlo, pero a ello podían acceder pocos. En esta zona, uno de los pocos pueblos que podía ya que la mayoría eran gente rica, era Fuenteliante”.

Al hablar de esta época con personas conocedoras de lo sucedido en el pueblo Yecla de Yeltes [cercano a Villavieja], confiesan que allí hubo pocos fusilamientos y encarcelamientos gracias al sacerdote, que se cuidaba de hacer y decir lo necesario para que los hombres de Franco no aparecieran por allí.

El Archivo de la Guerra Civil de Salamanca

‘El Archivo’, se fundó a partir de la Sección de la Guerra Civil del Archivo Histórico Nacional, creado durante la guerra por Franco y sus secuaces para almacenar toda la documentación recopilada durante la contienda y evitar así que fuese destruido durante la guerra o tras el final de la misma para poder utilizarlo tras la más que posible victoria del bando nacional, como así sucedió.

La documentación -eran fichas de ‘rojos’ y familiares, que contenían todo tipo de información: nombre y apellidos, número que se le asignaba, estado civil, edad, profesión, organización, carnet, fecha de enrolado, batallón…- fue utilizada con fines represivos para juzgar a todo aquel que apareciera en ella, pues suponía que era afín al enemigo, es decir, a los republicanos.

En la actualidad, se ha utilizado también para que los militares republicanos puedan solicitar una pensión de jubilación o una indemnización por el tiempo que permanecieron en prisión. Además, en los últimos años, ha habido numerosas disputas entre Cataluña y Salamanca por dichos papeles. De hecho, gran parte de ellos se trasladaron a la zona mediterránea pese a las quejas de los salmantinos, que consideran que eso es patrimonio de la ciudad ya que desde su creación había permanecido en la capital charra.

Esta es la crueldad de una guerra sin memoria. Una guerra con cadáveres aun perdidos. Una guerra que nunca tendrá perdón. Una guerra… que aun sigue muy presente.

[Este reportaje ya lo publiqué aquí hace meses]

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